somos lo que comemos

Mi cuerpo tiene hambre, mi alma tiene apetito

La alimentación física y la alimentación emocional se encuentran íntimamente relacionadas desde que nacemos. Somos un alma que vibra, siente, piensa, y actúa, por lo tanto, nuestras emociones y nuestros pensamientos determinan nuestra actitud hacia la comida. A su vez, lo que comemos afecta nuestro estado emocional y nuestro rendimiento intelectual.

 

“Somos lo que comemos”

Lo que comemos determina lo que la sangre transporta a nuestras células, ya sean toxinas o nutrientes. Las células de nuestro cuerpo están renovándose continuamente, por lo tanto, dependiendo de lo que comemos construiremos un cuerpo físico sano o uno enfermo.

Llevar una dieta saludable incrementa el coeficiente intelectual, mejora el estado de ánimo, refuerza la memoria y mantiene la mente en forma. A su vez, una dieta saludable, nos ayuda a combatir el estrés y a reducir la ansiedad, dos situaciones endémicas hoy en día en nuestra sociedad.

“Comemos lo que somos”

Nuestra alimentación está condicionada por nuestra realidad biológica, psicológica y social. Junto a factores genéticos, existen variables socioculturales, como la clase social, la edad, el sexo, la identidad, el grupo étnico o la pertenencia a un determinado culto religioso que determinan nuestras opciones y preferencias alimentarias cotidianas.

Nuestro comportamiento alimentario además variará dependiendo de si nos alimentamos para estar sanos y mantenernos en forma, o si la comida es un medio que nos ayuda a sentirnos bien cuando nos sentimos mal. Alimento y afecto se entremezclan ya desde el principio de nuestra existencia. Las personas que han tenido una historia familiar saludable emocionalmente tienen menos dificultades con la comida y viven las reuniones familiares con la ilusión de recordar su infancia y los buenos momentos vividos. Sin embargo, aquellas personas que tengan asociada su infancia a carencias emocionales familiares importantes, tendrán más dificultades con la relación con la comida, así como para disfrutar de una reunión familiar que se celebre con comida.

 

“Mi cuerpo tiene hambre”

El hambre es una necesidad fisiológica vital indispensable para nutrir las células del organismo; inicia horas después de haber comido y aumenta de forma progresiva. Se siente por debajo del cuello, es decir, notamos una sensación de vacío en el estómago, ruidos en el intestino y contracciones en el estómago. La ingesta conduce a una sensación de bienestar porque hemos satisfecho una necesidad fisiológica.

Pero el hambre no es un conocimiento biológico innato, requiere de aprendizaje. Nacemos con algunas conexiones nerviosas entre las señales biológicas que indican la necesidad de alimento y los comportamientos expresivos como llorar, además de otros reflejos y de las preferencias gustativas básicas.

Por medio de la socialización y el biofeedfack, aprendemos los comportamientos relacionados con la expresión y la ingestión, aprendemos a diferenciar las necesidades alimentarias de las emocionales y a expresar las necesidades alimentarias de forma apropiada en un entorno social determinado.

Algunos niños aprenden a relacionar un número extenso de emociones y sensaciones con la necesidad de comida. A mayor número de sensaciones relacionadas con la necesidad de comida, mayor propensión a desarrollar comportamientos vinculados con la alimentación emocional, el sobrepeso y la obesidad. Otros niños, por el contrario, aprenden a comer al margen de esas señales, y esto podría contribuir al desarrollo de la anorexia nerviosa.

 

“Mi alma tiene apetito”

El apetito responde a una necesidad emocional; aparece de repente, no tiene relación con el tiempo pasado desde la última comida y persiste aún con el estómago lleno. Suele ser específico hacia un tipo de alimentos, habitualmente dulces o grasos, que tienen la particularidad de estimular la producción de endorfinas que nos hacen sentir bien. A diferencia del hambre, habitualmente conduce a un sentimiento de culpabilidad después de la ingesta.

Nuestro cerebro almacena las experiencias en forma de imágenes, olores, sabores, sonidos y sensaciones. A su vez, establece conexiones con el tiempo, el espacio, el contexto, el costo y la expectación de recompensa. Somos capaces de recordar experiencias pasadas con la comida, especialmente si esa experiencia fue fuera de lo común tanto en un sentido negativo como positivo. Cuando comemos algo que nos gusta, se liberan neurotransmisores que activan zonas del cerebro relacionadas con el placer. Cuando volvemos a ver, oler o saborear ese alimento se produce una estimulación del tronco del encéfalo y se evocan recuerdos de satisfacción o recompensa que nos generan la necesidad de comer en ausencia de hambre. Nuestro cerebro libera esos neurotransmisores aún antes de probar el alimento despertando así nuestro apetito.

Desde que nacemos aprendemos a establecer asociaciones con la comida: comida-premio, comida-castigo, comida-soledad, comida-tristeza…

Cuando nos alimentaba nuestra madre lo hacía cargándonos en brazos y así empezamos a asociar comida con abrazos y cariño.  Más adelante, nos empezaron a premiar y a castigar con comida, habitualmente con alimentos dulces o grasos. Si nos portábamos bien nos compraban caramelos o una bolsa de patatas chips y si nos portábamos mal nos privaban de nuestro postre favorito o del helado de la tarde. También aprendimos que si nos terminábamos toda la comida del plato mamá estaba contenta y que cuando llorábamos o estábamos tristes nos compraban una piruleta o un sugus. Crecimos e incorporamos estos comportamientos en nuestro subconsciente, así es que de adultos seguimos premiándonos y castigándonos de la misma manera y cuando estamos tristes recurrimos a nuestra amiga, la barra de chocolate. Cuando nos sentimos carentes de amor, se nos dispara el impulso de llevarnos algo a la boca para saciar el hambre de afecto con comida.

 

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Dra. Marta González

Medicina Integrativa, Nutrición y Psiconeuroinmunóloga. Unidad PNIE at Clínica Omega Zeta
Nacida en Barcelona, la Dra. Marta González–Corró es licenciada en Medicina y Cirugía General por la Universidad de Barcelona. Cuenta con un máster en Nutrición y Alimentación por la Universidad de Barcelona, es terapeuta PraNeoHom por el Instituto PraNeoHom en Barcelona y está postgraduada en Psiconeuroinmunoendocrinología y Nutrición Ortomolecular por la Universidad de Barcelona.

Es Coach certificada por la EEC (Escuela Europea de Coaching) y por la CEFOC (Centro Europeo de Formación en Coaching Estructural).

Actualmente, trabaja como médico integrativo en la Clínica Omega Zeta.
Dra. Marta González

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