Envejecimiento y sol

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«¿Es posible que el sol acelere o induzca envejecimiento? La respuesta es, sin duda, sí.  Baste una sencilla maniobra frente al espejo: observemos la piel menos expuesta a lo largo del año, como la del pubis o los glúteos –a no ser que practiques naturismo todo el año , claro– y comparémosla con la más expuesta: cara y cuello. El resultado será asombroso: dos edades distintas, dos tersuras diferentes en cada una de estas áreas; más joven la que está cubierta, claro, porque la radiación solar cuenta y mucho. No sólo la  exposición del verano y en la playa, sino la que recibimos durante todo el año de forma inadvertida mes tras mes y año tras año, durante toda la vida.

El envejecimiento producido por el sol se llama fotoenvejecimiento y es diferente del envejecimiento cronológico, esto es, el asociado a la edad. Muchas veces asociamos las manchas con la edad; sin embargo, no es así. Las “manchas de viejo” que aparecen en el dorso de las manos, en la cara o en el escote son un signo de fotoenvejecimiento y no de envejecimiento cronológico. En otras palabras: si tuviéramos 90 años y hubiéramos permanecido confinados en una cueva, sin ver nunca la luz del sol –¡qué triste! ¿no?– tendríamos una piel adelgazada, con arrugas finas, pero no con manchas.  En la sociedad actual, por tanto, muchos de los aspectos relacionados con el envejecimiento cutáneo  están más  relacionados con la exposición al sol –voluntaria o involuntaria– que con el paso del tiempo.

¿Por qué el sol envejece la piel?

Los rayos ultravioletas son parte de la radiación electromagnética que emite el sol . Según la longitud de su onda se denominan ultravioletas A (UVA), ultravioletas B (UVB) o ultravioletas C (UVC).

Los más dañinos son los UVC, filtrados por fortuna por  la capa de ozono de la atmósfera, ya que son los que tienen la onda más corta y quedan, por tanto, allá arriba. En las zonas con agujeros en la capa de ozono se hacen sentir con mayor fiereza, disparando los cánceres cutáneos… vaya, que resultan muy peligrosos.

Los UVB tienen una onda de longitud media. Al llegar a la piel se quedan en la primera capa: la epidermis. Son los que producen enrojecimiento e inducen cáncer de piel al cabo de un cierto tiempo, a causa de la alteración que provocan del ADN en el núcleo de la células de la piel. No atraviesan el cristal, de manera que no afectan mientras vamos conduciendo, por ejemplo. Tienen también su lado positivo, por eso: son los encargados de disparar la producción de vitamina D en nuestro cuerpo.

Los UVA, famosos por su utilización en cabinas, son los que tienen una onda más larga, lo que quiere decir que atraviesan la primera capa de la piel y llegan con más profundida, al nivel de la dermis.  En esta capa existe un tejido de sostén constituido por colágeno y fibras elásticas que es alcanzado por estas radiaciones, por las que es triturado como si de un puré se tratara, lo que en términos médicos se llama “elastosis”.  Si el sostén disminuye, la consecuencia a largo plazo es la pérdida de firmeza.  A estos rayos les debemos muchos de los signos externos del fotoenvejecimiento, como las manchas y las arrugas gruesas, y si que atraviesan el cristal, por eso podemos ponernos morenos mientras conducimos, aunque no fabricaremos vitamina D; por tanto, que estemos muy bronceados  no significa necesariamente que tengamos buenos valores de vitamina D. Además, estos rayos liberan muchos radicales libres en la piel, produciendo oxidación y, a la larga, también cáncer de piel.

En resumen, las alteraciones producidas por el envejecimiento inducido por el sol incluyen:

–          manchas blancas y oscuras,

–          pigmentación irregular moteada,

–          pecas y lentigos,

–          deshidratación,

–          pérdida de elasticidad,

–          flaccidez,

–          arrugas profundas,

–          poros abiertos,

–          telangiectasias (pequeños capilares dilatados),

–          púrpuras: zonas rojas y amoratadas por rotura de capilares,

–          queratosis actínicas : lesiones precancerosas,

–          cáncer de piel.

¿Cómo protegerse del envejecimiento producido por el sol?

La clave fundamental reside en la utilización de productos específicos con un buen factor de protección, que debe adaptarse al color de la piel de cada persona: más alto en las pieles muy blancas, más bajo en las pieles morenas.  Y también debe evitarse la exposición en las horas cercanas al mediodía (entre las 11,30 y las 16 horas), cuando el sol cae en picado desde una posición vertical.

Hoy en día se suelen recomendar factores más altos de protección, en general, que antaño. Para pieles muy blancas se suele recomendar un SPF 50 o, incluso, un SPF 100, si hay alergias solares o manchas. Para pieles menos blancas con un SPF30 debería bastar. Eso sí: hay que leer bien la etiqueta, ya que muchas veces este factor de protección es  sólo para los UVB; si protege contra los UVA, ésta debe consignarlo claramente.

Otro factor importante, y cada día más, es la utilización de nutrientes y antioxidantes orales que ayuden a combatir la acción de los radicales libres y prevenir el envejecimiento:

–          Las vitaminas C y E son antioxidantes que ayudan a combatir el exceso de radicales libres y el estrés oxidativo.

–          Los carotenoides  β-caroteno, licopeno y astaxantina también protegen la piel contra las radiaciones ultravioletas y atrapan los radicales libres. Es especialmente interesante la combinación de todos ellos, ya que “la unión hace la fuerza” y colaboran entre sí.

–          Luteína, para proteger los ojos.

–          Ácidos grasos omega 3:  la ingesta de aceite de pescado favorece la fotoprotección, sobre todo por su acción antiinflamatoria.

–          Vitamina D:  se forma por acción de los rayos UVB sobre la piel, de manera que la utilización continua de pantallas solares con factores altos puede hacer que esta vitamina no se forme en cantidades adecuadas y sus niveles en sangre sean deficientes en la mayor parte de la población, por ello muchos suplementos nutricionales ya la incorporan.

–          Fernblock: agente que preserva las defensas naturales de la piel, protege y repara el ADN celular, neutraliza los radicales libres y protege la piel del eritema solar

La playa, la piscina, la montaña, el verano… todo invita a disfrutar y a relajarse. Y está muy bien que así sea, eso sí, teniendo en cuenta que la prevención del envejecimiento y el cáncer cutáneo son, sin duda, sus mejores tratamientos.»

 

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